miércoles, 8 de diciembre de 2010

¿Directa o inversamente proporcional?

            En un pueblo alejado de las grandes ciudades, en el pueblo de Gama, en lo más recóndito de la ciudad de Cuzco, vivía un hombre muy poderoso por su dinero y su popularidad. Había sido el hijo de un multimillonario, dueño de varias mineras. Tenía muchos seguidores. Nadie se atrevía a desafiarlo, porque sabían que podían morir si se enfrentaban a él. Siempre iba a la única cantina que había en Gama. Jugaba póker, fumaba como chimenea, siempre paraba con una botella de ron en la mano y con sus damas de compañía al costado.
            Un día, llegó muy borracho a la cantina. Estaba muy cansado de la rutina que vivía. ¡Ya no podía soportarlo!
   ¿Acaso en esta porquería de pueblo, no hay nadie que pueda ganarme en póker?, ¿nadie se atreve a enfrentarme?, ¿nadie es capaz de ganarme? Son unos cobardes. Tráiganme, inmediatamente, a alguien competente, capaz de retarme. Si no lo hacen, mataré a todos en este asqueroso lugar­­­­— amenazó Don diego a sus subordinados.
   Don Diego, nadie se atreve a desafiarlo. Todos le tienen mied­o— dijo Pedro, uno de sus empleados, muy amilanado.
   Eres un pobre diablo. Un ineficiente. Un cholo de mierda como todos los de acá. Pon tus manos encima de la mesa— dijo Don Diego

Pedro se acercó hacia la mesa en donde estaba Don diego, y puso sus manos encima de ella como se lo ordenó. Don diego sacó un cuchillo muy filudo, le sonrió y le cortó un dedo rápidamente. La sangre comenzó a derramarse por montones. Pedro gritó y gritó. “Te cortaré todo el cuerpo en pedacitos si das un paso atrás .Aún no he terminado contigo”— Dijo Don diego.

El hombre sólo temblaba y lloraba de dolor. Las demás personas que se encontraban en la cantina no podían decirle nada. Algunos lo apoyaban, y otros sólo atinaban a llorar.
Don Diego continuó cortándole los demás dedos de la mano. Cuando terminó, le dijo: “Espero que hayas aprendido la lección. Ahora, consígueme a alguien interesante si no quieres que te suceda algo peor”
Pedro, llorando desconsoladamente porque había perdido los dedos de la mano, lo miró muy furioso y le metió un cabezazo. Cuando esto sucedió, todos permanecieron en silencio por unos minutos, sorprendidos por lo que había hecho. Luego, algunos comenzaron a hacerle barra a Don Diego para que se defendiera. Él, muy indignado, ordenó a que unos de sus subordinados fuera a traer al hijo de Pedro.
 Una vez que trajeron a su hijo, Don diego le dijo: “Cometiste el peor error de tu vida y él último. Acuérdate de lo que te digo. Cuando una persona te hace el bien, como tú que siempre me atendiste de la mejor manera y me hacías caso en todo, se hace el mal. Nunca se paga el mal con el mal, ni el bien con el bien. Entiende que en esta vida existen personas de raza superior y raza inferior. En esta ocasión, tú eres la raza inferior y yo la superior. ¡Mírate, cholo de mierda! ¡Gente!, hoy jugaremos fútbol para ver quién es capaz de vencerme en una pichanga”
Su hijo no entendía que sucedía, puesto que sólo tenía siete años de edad. Lo único que hacía era chillar al ver que su padre sangraba y lloraba. Don diego, con la misma espada que le cortó los dedos de la mano, partió su cabeza sin compasión.  El niño comenzó a lloriquear y tiritar. “¡Llévenselo!, dijo Don Diego. Luego, hizo que las personas de su alrededor jugaran fútbol con él, utilizando la cabeza de Pedro.
Esto continuó por muchos años. Las personas le temían a Don Diego, y no se atrevían a decirle nada. Cada día, mataba a alguien o humillaba a las personas de su alrededor.

Trece años después,  las cosas siguieron siendo iguales. Paco, el hijo de Pedro, ya era todo un hombre. Era una persona robusta, con mucha fuerza y con un rencor inmenso contra Don Diego, desde aquella vez que vio a su padre morir. Estaba decidido a vengarse, pero no sabía cómo.
Un día, se dirigió hasta la cantina, debido a que sabía que allí encontraría a Don Diego. Cuando entró, éste estaba muy molesto, porque nadie era capaz de distraerlo o mostrarle algo impresionante. Paco se acercó y le dijo: “Si usted toma esto, estoy muy seguro de que tendrá una sensación increíble”
— ¿Quién eres tú y qué es eso que me estas ofreciendo? ¿Estás burlándote de mí? ¿Tú sabes qué les sucede a los que tratan de verme la cara de huevon?
—No señor. Jamás osaría en faltarle el respeto a una persona tan admirable como usted. A esto se le llama Tacha. Es una droga que no llega con mucha frecuencia a Perú. Le gustará. Muchas personas darían mucho por tener algo así. Es una pastilla que te hace volar.
— ¿Crees que sería tan estúpido de confiar en cualquier persona?  ¡Juan!— le dijo a uno de sus esclavos— Prueba esa pastilla. Quiero ver qué efectos tiene, y si son malos, te mataré de la peor manera.
   No se preocupe, señor. Confié en mí. Yo la he probado varias veces y es lo mejor que hay en esta vida.
Juan cogió la Tacha y se la tomó. Después de media hora, comenzó a sonreír de cualquier cosa. Tenía su mirada desorbitada y parecía sentirse muy bien. Lo que decía no tenía coherencia. Lo único que se le pudo entender era decir que era la mejor pastilla que había en este mundo. Repetía constantemente que se sentía de maravilla.
Don Diego sintió mucha curiosidad de probar la Tacha, luego de ver los efectos de Juan. Así que inmediatamente probo una. A la media hora, tuvo los mismos efectos.
Al día siguiente, lo primero que hizo Don Diego al despertar fue buscar a Paco. Esas pastillas habían sido fabulosas para él. Lo encontró y obligó a darle más Tachas. Desde ese momento, Don Diego iba constantemente donde Paco a pedirle las pastillas.
Luego de un año, Don Diego ya se encontraba demasiado adicto a las Tachas. Así que, Paco pensó que era la oportunidad de vengarse de él por todo el daño que le hizo a su padre y a todos los pobladores de Gama. Reunió a las personas que Don Diego por mucho tiempo humilló, y planearon la forma de vengarse de él.
Una noche, Don Diego se encontraba desesperado por una pastilla. Mandó a buscar a Paco por todo Gama, pero no podía ubicarlo. Don Diego decidió ir a buscarlo personalmente por el pueblo, en compañía de dos de sus subordinados, y al mismo tiempo, cómplices de Paco en el plan que tenían en mente. Recorrieron casi todo Gama, pero no lo ubicaron. Sólo faltaba un sitio apartado del pueblo, donde muchas parejas iban frecuentemente a tener relaciones sexuales sin que nadie se diera cuenta. Don Diego y los otros dos fueron hacia allá.
Al llegar, sus dos subordinados lo agarraron violentamente y lo tiraron al suelo. De pronto, Paco apareció y se paró en frente de él y dijo: “Así te quería ver conchatumadre. Te acuerdas cómo mataste a mi padre, hijo de puta”.
   Así que eres ese mugroso chibolo. Te perdoné la vida, porque debí haberte matado junto al inepto de tu padre.
   Ahora las cosas cambian, adicto de mierda. Sentirás poco a poco lo que mi padre sufrió.
   ¿Qué vas a hacer? Tú no puedes hacerme esto. Confié en ti. Te podría dar todo lo que desees.
Los dos hombres obligaron a que Don Diego se agachara, y le bajaron el pantalón. Entonces, Paco se puso atrás de él y le clavo con mucha fuerza su sexo a Don diego. Él comenzó a gritar y a sangrar. Paco se movía con mucha violencia. Uno de los hombres obligó a Don Diego a abrir su boca, y le puso su genital adentro de ella, para que Don Diego le haga sexo oral, pero él lo mordió bruscamente. El hombre, enfurecido, con un martillo le tumbó todos los dientes, para que no pudiera morderlo a la hora de que se lo hiciese. El otro hombre cogió un cuchillo. Paco dejó de hacérselo a Don Diego, y el hombre  le metió el cuchillo en su ano una y otra vez, hasta cansarse. Mientras lloraba y gritaba, Paco pronunció estas palabras: “Nada es inversamente proporcional en esta vida. Si haces el bien, te harán el bien, y si haces el mal, te harán el mal. Tú no eres una raza superior. Eres pura mierda”.
Luego de sacarle el cuchillo, Paco cogió una pistola y se la introdujo en su trasero. “¡Qué vas a hacer! Ya me hiciste suficiente daño. Estoy sangrando demasiado, y me duele. Me has dejado sin dientes, me has lastimado  y me has humillado como has querido, ¿Qué más quieres de mí?”—dijo Don Diego con voz de suplica.
— ¿Tuviste compasión de mi padre? ¡Muere basura!
Paco disparó y se fue corriendo junto a sus dos aliados

Don diego pudo salvarse de la muerte, pero no pudo caminar. Perdió todo su dinero en tratamientos médicos y en tachas. Desde ese entonces, lo único que hacía era ir a la cantina y pedir limosna de todas las personas que acudían allí, pero claro, no era un mendigo más, sino el subordinado del pueblo.

1 comentario:

Sebastian Medina dijo...

Hola Fernanda me gustó mucho la redacción del cuento.

Te dejo mi blog,
http://poesiasinamor.blogspot.com/

saludos