domingo, 10 de octubre de 2010

El interrogatorio

Nunca antes en la historia de un colegio había habido un robo de tal magnitud. Los palomillas de los alumnos se habían robado todo el salario de los profesores, minutos antes de dárselos. El colegio Saint Franc­is, sí que estaba en problemas ¿Cómo diablos le iban a pagar a los profesores? Sin duda alguna, tenían que encontrar quién o quiénes eran los ladrones.
Las más altas autoridades del plantel delegaron al psicólogo del colegio a que entrevistara a cada uno de los alumnos para resolver este misterio.
—Buenas tardes —dije.
Estaba entrando a la oficina del psicólogo Balarezo. Me encontraba muy asustada por la impresión que él podía tener de mí, porque de repente me podía acusar de cleptómana.
—Buenas tardes señorita Margarita —respondió —siéntese y conversemos un poco acerca de lo ocurrido.
Él se pudo dar cuenta que yo estaba muy nerviosa. Había muchas evidencias para culparme sobre el hurto.
   ¿Cómo me podrías convencer de que tú no eres la ladrona? —preguntó el psicólogo.
—Yo no soy la persona que usted busca —respondí indignada —Mis papás tienen el suficiente dinero para comprarme todo lo que quiero. No tengo la necesidad de robar.
   ¿Dónde estuviste a la hora del robo? —preguntó.
—Estuve con mi amiga Isabel—respondí —Nos fuimos juntas como todos los días lo hacemos.
En ese instante, el psicólogo abrió su cajón, y sacó un folder con varias hojas.
—Tengo entendido que te suspendieron una semana debido a que te encontraron consumiendo drogas —dijo el psicólogo —tienes antecedentes de que no eres una buena niña.
—Sí —respondí —Tuve problemas con las drogas porque me enteré que mi papá era infiel a mi mamá.
   ¡No es una excusa! —gritó el psicólogo —Eres una mala influencia para el alumnado de este colegio. Si yo fuera el director de esta institución, te botaría sin compasión.
   ¡Cállese! —exclamé —Usted no sabe lo difícil que ha sido para mí dejar las drogas.
   Eres una niña insolente —respondió el psicólogo —Haré que te expulsen del colegio. Tengo las suficientes pruebas para que lo hagan, y recuerda que casi todos tus compañeros te odian, ya que saben lo puta que eres.
   ¿Cómo puede decir eso? —pregunté exaltada — ¡jamás me habían ofendido tanto!
Empecé a pararme para salir de la oficina, “me largo de aquí”, dije groseramente.
   ¡Espera! —dijo el psicólogo —discúlpame y tranquilízate. Lo que sucede es que no me gustó la forma en que me respondiste.
El psicólogo Balarezo, sirvió un vaso con agua y le echo un polvo blanco.
   Tómate este vaso con agua. Te calmará y así podremos terminar esta plática —dijo el psicólogo
   ¿Qué es ese polvo que le echó? —pregunté
—Es un poco de azúcar para tranquilizarte —carcajeó.
Tomé el agua. Al instante, empecé a sentir muchos mareos hasta perder conciencia de mis actos.
   ¡Ahora, pagarás asquerosa niña! —dijo malévolamente el psicólogo —serás mía y nadie lo sabrá.
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            Poco a poco, podía recuperar la conciencia de mis actos. Cuando logré entrar en razón, me encontré tirada en el suelo, sin ropa. No había nadie en la oficina, sólo una nota que decía: “Si hablas, lo negaré y luego te mataré, apestosa niña”.